Por Lala Toutonian (@Lalakarenina)
Foto: Fabián Resakka
Este reportaje hecho a Ricky Espinosa data de 1999, estimo, a unos diez años de conocerlo en ese entonces. Lo publicamos en Madhouse. No recuerdo dónde nos cruzamos la primera vez: “Del punk rock”, contesto siempre que me consultan de dónde conozco a la gente. La última oportunidad donde lo ví, tiene que haber sido un show en Vélez, no sé quién tocaba, él salía, yo entraba, no me abrazó, se me arrojó al cuello, le limpié la nariz (siempre lo hacía), habremos cruzados saludos afectuosos de rigor, nos reímos, seguimos de largo. Un par de años más tarde, recién despierta y café en mano abría mails para desayunarme con su muerte, su suicidio. Podría ahora despacharme en ocho mil caracteres sobre la muerte, otros tantos sobre el suicidio pero apelaré a La Polla Records para decir “No Somos Nada”. Porque no lo somos. Ese nihilismo que despedía Espinosa me había inspirado el pretencioso título nietzscheano con el que había corolado la nota. Compartíamos igual pasión por la filosofía como por las heridas, Ricky y yo. Cuando el dolor se vuelve tristeza, la derrota es desmoralizadora. Así fue como no resultó sorpresiva la noticia de su huida de esta vida. Porque huyó, no se rindió, combatió hasta ese último pensamiento suyo de decidir sobre su propia vida, su propia muerte. Esa mañana lo lloré en silencio con el dolor que provoca ese entendimiento de lo nada que somos. En mi recuerdo quedará siempre primero su risa -¡enorme!, ¡fresca!-, esa verborragia suya de disparar palabras sin respirar y su comprensión sobre la vida, las injusticias y la falta de libertad, y sus abrazos. Vaya aquí mi homenaje a quien levantó una única bandera, la del anarquismo, y a quien quise tanto como para conmoverme mientras escribo estas líneas.

















